lunes, 4 de mayo de 2009

DIES IRAE

Dies irae. Maldita sea. Lo que no puede ser es que un señor, solamente uno, creara aquella situación:
Al parecer, unos pocos se habían reunido para estar un rato allí en la plaza, y luego quizás, cuando enfriara, meterse en algún local de la ciudad, daba igual, a tomarse unas copas y comentar el partido. Un plan perfecto.
Pues bien, no había pasado ni media hora desde que llegó Augusto, siempre el último de todos. Apareció por allí un extranjero, que bajo el pretexto de preguntar algunas direcciones sin sentido terminó pidiéndoles dinero, y en una actitud bastante desafiante. Aquello no les gustó nada, y uno de ellos, Pablo, famoso por su carácter, se puso al frente. "Tu aquí no pintas nada, lárgate". Maldita sea, el día de la ira. Tenían que haberse quedado en casa.
La cuestión es que el extranjero, comprendiendo la situación, se apartó, hasta donde no podían verle casi. Y, al margen de algunos comentarios, el grupo actuó como si no hubiera pasado nada, retomano así las conversaciones más o menos donde las habían dejado.

La novia de Pablo era una chica muy bonita, cuatro años más joven que él y con una falta considerable de ideas propias. Se llamaba Paula y era su chica. Aquella tarde estaba en su casa viendo la tele, y más o menos en el mismo momento en que apareció el extranjero por la plaza ella recibió una llamada: al otro lado estaba una voz curiosamente familiar. Esta voz, sin embargo, decía representar a Alfredo Ruíz, nombre que a la joven Paula no le sonaba de nada. Alfredo Ruíz le informó, muy educadamente, de que representaba a una gran empresa de consulting y que, disponiendo de algunos datos suyos esperaba no le importara responder a unas preguntas, preferiblemente en persona.
La pobre Paula llevaba ya cinco meses con Pablo, y en ese tiempo la personalidad absorbente de éste la había alejado de muchas de sus amigas, que por otra parte ahora le parecían muy niñas. Su novio estaría todo el día con los amigos, y ella se aburriría bastante. No hace falta decir que no iba a quedar en persona con ese tal Alfredo, pero sin embargo algo en su interior le impidió cortar la conversación. Aquella voz era especial, y ella tenía toda la tarde por delante. Decidió jugar a ser Pablo, para divertirse: "Así que dispones de algunos datos míos"
Alfredo,consciente al parecer de la jugada, dejó escapar una risa casi leve.
Maldita sea, el día de la ira. Tenías que haber colgado.

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